Miércoles, 5 de julio 2006   |

Perspectiva europea

Erika Casajoana
Consultora política







La inmigración en Europa
05/07/2006 - 08:12 horas

El pasado abril esta columna se ocupó del nuevo proyecto de ley de inmigración en Estados Unidos, que sigue
encallado en el Congreso.

La inmigración continúa de actualidad también en la Unión Europea. El pasado viernes el parlamento francés
aprobó una nueva ley para atraer trabajadores cualificados y restringir a los demás. Responde al objetivo de su
impulsor, el ministro de Interior Nicolas Sarkozy, de tener una inmigración “elegida” y no “sufrida” (choisie et
non subie). El ministro se lamenta de que la mitad de inmigrantes a Estados Unidos y Canadá tengan un título
universitario, mientras que la mayoría de quienes inmigran a Francia ni siquiera han completado la educación
secundaria.

Sarkozy alberga aspiraciones presidenciales para 2007 y la inmigración figura entre las principales
preocupaciones de los votantes, especialmente después de la revuelta de las banlieues el pasado otoño. Pero
hasta el “duro” Sarkozy ha cedido en las deportaciones de familias indocumentadas con niños escolarizados:
algunas familias francesas escondían a los escolares en sus casas y lo comparaban con la resistencia a la
deportación de niños judíos en la Segunda Guerra mundial.

España y Francia abogan por un plan integral europeo de inmigración, sobre todo para la procedente del África
subsahariana. Tras el Consejo Europeo de mediados de junio, 13 países europeos desplegaron patrullas
operativas frente a las costas de Canarias, Marruecos, Senegal y Cabo Verde. Con el aumento de la vigilancia
marítima y los esfuerzos diplomáticos y de cooperación han disminuido los cayucos en el último mes. Con todo,
los 10.000 inmigrantes irregulares llegados a Canarias en la primera mitad de 2006 suponen un nuevo récord.

En poco tiempo, España se ha convertido en el segundo país de la UE en número de inmigrantes: cuatro
millones. Incluso después de la regularización masiva de 2005, casi un millón de ellos carecen de documentos.
Alemania cuenta con 7,3 millones de extranjeros, el Reino Unido con tres e Italia con dos.

Los países vecinos han respondido a la petición española de “europeizar” el problema de la presión migratoria
irregular en Ceuta, Melilla y Canarias, porque una vez en la Península y dentro del espacio Schengen, los
indocumentados de un país son los de todos dentro de este área sin fronteras. A la vez, los socios europeos
han expresado críticas a la decisión unilateral del gobierno español de amnistiar a más de medio millón de
irregulares el año pasado.

La Comisión Europea intenta que los países miembros armonicen sus procesos de concesión de visados y que
acepten crear un sistema europeo para el derecho de asilo. Es lamentable que persista esta descoordinación,
cosa que perjudica tanto a los solicitantes como a la Unión.

El reto de la inmigración es conjugar el deseo de inmigrar de unos con las necesidades de los receptores. La
decisión individual de intentar pasar del Tercer Mundo al primero, con todas sus oportunidades, es
perfectamente lógica e incluso loable. Por otra parte, cada país tiene derecho a controlar sus fronteras y a
gestionar sus flujos inmigratorios.

Europa quiere devenir la economía más competitiva y dinámica del mundo gracias al conocimiento, y para ello
necesita inmigrantes. La Comisión Europea valora el enriquecimiento cultural, social y económico que aporta la
inmigración, sobre todo en una Europa en declive demográfico. Los recién llegados no solucionarán la crisis de
la Seguridad Social y las pensiones debida a la baja natalidad autóctona, pero la paliarán.

La alta inmigración a Estados Unidos ayudó al boom económico de los 90 y a mantener altas tasas de
crecimiento también en esta década. Por contra, la cerrazón inmigratoria de Japón agravó su recesión con la
caída de la población activa y del consumo.

Si bien la inmigración tiene efectos positivos, genera rechazo en ciertos sectores de la población porque sus
costes y beneficios no están distribuidos de forma igual. La competencia de mano de obra barata perjudica a
los trabajadores no cualificados en la industria y en los servicios. También son las clases medias y bajas quienes
deben convivir con inmigrantes de otras culturas en los barrios populares y compartir con ellos escuelas y
servicios públicos. En cambio, los trabajadores de cuello blanco se benefician del aumento de productividad
que aporta esa mano de obra barata y de la ampliación de los mercados con nuevos consumidores. Y por
supuesto sus hijos van a diferentes escuelas.

Una investigación realizada en Alemania después de que este país se desmoronara en el ránking del estudio
PISA sobre calidad en la educación descubrió que el nivel de excelencia en una clase caía significativamente al
llegar al 20% de escolares de origen foráneo. Y según parece el principal problema no es el idioma (aunque el
estado de Baviera ha decretado que todos los niños de preescolar harán un test de alemán y los que suspendan
deberán hacer clases de recuperación antes de empezar la escuela primaria). Las aulas con alta proporción de
hijos de inmigrantes de Europa del Este de origen alemán pero que habían perdido el idioma no presentaban el
descenso de nivel observado en los grupos con muchos hijos de inmigrantes de otras culturas.

Europa debe permanecer abierta al mundo, dando la bienvenida a gente con la ambición de labrarse un futuro
mejor y de contribuir al país que le acoge. Debe afrontar el reto de la integración de la nueva población,
respetando sus culturas y haciendo respetar los valores, principios jurídicos y leyes europeas. La integración es
necesaria y es factible, siempre que realicen las inversiones que requiere. Hay que dedicar más recursos a la
educación para que cada niño, autóctono o inmigrante, desarrolle todo su potencial. Hay que planificar las
ciudades para evitar guetos. Hay que garantizar servicios públicos de calidad y oportunidades económicas en
los barrios desfavorecidos. Y hay que promover la emancipación de la mujer inmigrante y su participación en la
sociedad en igualdad de condiciones que el hombre.